¿Burbuja de alquileres o burbuja de inquilinos?

por Jaime Caballeropublicado en El Confidencial el 21 de marzo de 2018


Seguro que mucha gente coincidirá en que buscar casa para alquilar no muy lejos del centro de las ciudades españolas te deja la moral por los suelos. Todos sabemos que conseguir lo que uno quiere conlleva sacrificios, y que la ubicación lo es todo, pero salir corriendo del trabajo para hacer cola en un piso que anunciaron ayer y quitarán mañana, intentar poner buena cara al ver que quizás entre algo de sol durante el solsticio de verano y ser consciente de que la capacidad que pueda tener el que va delante de poner 500 euros en metálico sobre la mesa es lo que va a determinar si vas a poder dejar de buscar, agota y cabrea mucho. 

¡Ya empezamos con las burbujas inmobiliarias otra vez, solo que ahora con el alquiler, esto es un asco!

La idea de que somos víctimas de una burbuja y que por eso no se puede alquilar es cómoda, ya fuimos víctimas de la avaricia especuladora hace 10 años, ¿por qué no ahora otra vez? Si se ha liberalizado la Ley de Arrendamientos Urbanos “pensando solo en el propietario”, lo lógico es que la especulación campe a sus anchas olvidándose de la gente.

Por eso, cuando constantemente aparecen anuncios como “abstenerse agencias” o “dos mensualidades de fianza más comisión de agencia” y encima el escrutinio de los candidatos y sus nóminas es feroz, es difícil no preguntarse si hay una burbuja de alquileres o, por el contrario, la burbuja es de inquilinos. Si el mercado directo entre propietario y arrendatario, con condiciones que garantizan el mínimo riesgo posible para los primeros es sólido, ¿no será que lo que ha crecido desproporcionadamente es el número de gente que busca alquilar en zonas céntricas y de moda?

Quizá sea que tras la crisis hemos desarrollado un trauma contra la idea de pedir una hipoteca, y que los bajos salarios, la inseguridad laboral y la dificultad para conseguir un préstamo nos impidan pensar en comprar casa sin que nos den escalofríos.

Aquí surge una duda, ¿es el alquiler tan prohibitivo en todas partes? No hace falta mirar mucho para ver que no, los problemas están en las zonas centrales. Además, y curiosamente, es un problema que se repite fuera de España, ¿no querrá decir eso que tiene más que ver con un cambio de mentalidad a nivel internacional? La vida urbanita se ha revalorizado y resulta muy atractiva, sobre todo para los jóvenes. Podríamos hablar mucho de gentrificación, y de pisos de alquiler turístico, pero vayamos por otro lado.

En mayo de 2017 se puso en marcha el Inquilinato, un “sindicato de inquilinas e inquilinos de Madrid”. No es el primero de España, y desde luego no es el primero de Europa, pero igual que sus hermanos en Barcelona, Canarias o Córdoba, ha venido para quedarse. Entre sus demandas: fijar precios y asegurar alquileres de muy larga duración; se podría decir que volver a situaciones similares a lo que fue la renta antigua, o, como poco, volver a la LAU anterior.

Este tipo de plataformas triunfa en países donde el alquiler está muy extendido y dominan los grandes propietarios, los llamados ‘landlords’, como Alemania, pero allí casi la mitad de la población vive alquilada. En España, la situación es bien distinta. Si vamos a las cifras oficiales, encontramos que, según Eurostat, en nuestro país el porcentaje de propiedad de la vivienda es del 78%. En el caso de Madrid, los números son un poco inferiores. Según el ayuntamiento de la ciudad, la propiedad es del 69%, o del 75,5% si solo nos fijamos en las personas con pasaporte español. ¿Qué quiere decir esto? Pues que en España los caseros son en su mayoría particulares.

Si el alquiler va a seguir creciendo en zonas donde no hay suelo para construir, habrá que equilibrar la demanda con la oferta. Si no, cada vez que saquen una casa a alquilar podrán pedir el oro y el moro, la colocarán en cuestión de días y se contagiará el problema a zonas no tan céntricas; en Madrid, esto ya se empieza a vivir.

Siguiendo este razonamiento, cabe plantearse si la mejor manera de animar a los propietarios a que alquilen es volviendo a una situación similar a la renta antigua: costes y deberes de mantenimiento elevados, beneficios mínimos o incluso negativos e incapacidad de disponer de la propiedad durante mucho tiempo. En este contexto, los únicos que podrán encontrar un beneficio cierto serán aquellos que planteen economía de escala y tengan capacidad de obtener buenos rendimientos gracias a recibir muchas rentas pequeñas. En otras palabras: ‘los grandes inversores’.

Si el piso heredado se convierte en un problema y no en una fuente de ingresos, muchos lo venderán al primero que les ofrezca una cantidad decente, y que el marrón se lo coma otro.

Tanto la ONU como el sentido común recomiendan no gastar más de un tercio del salario en la vivienda y, sin embargo, pocos inquilinos de zonas céntricas en auge cumplen este ideal. ¿Es por falta de opciones más baratas o porque no existen opciones más baratas en las zonas más deseadas?

En España en general, y en Madrid en particular, no se trata de buscar una vida más saludable. En el centro, la calidad del aire, el ruido y la contaminación son peores que en las afueras. No se trata de acceso a mejores dotaciones públicas, los barrios del centro no destacan por sus polideportivos. No se trata de vivir en una “vivienda digna y proporcionada”, como reza la constitución; ¿cuantos hemos visitado cuchitriles interiores con habitaciones sin ventana o con un sofá-cama en la cocina?, lo llaman estudio y sale igual de precio que un piso de cuatro habitaciones en Leganés. No se trata de tener acceso a una vida barata y de proximidad. En los barrios de la periferia y en las ciudades del extrarradio, las panaderías, los supermercados, los bares y las ferreterías están incluso más vivos que los comercios gentrificados del centro. De hecho, según Eurostat, España es el país de Europa con más pisos. Esto no es América. Aquí los chalés son más excepción que en ningún otro país europeo. Aquí lo que se lleva es el barrio. En definitiva, no se trata de tener una vida digna, se trata de tener una vida lo más a la moda posible. Se trata de tener la vida moderna que deseamos.

Pedir que la política de vivienda sobreproteja a aquellos que quieren vivir en el mejor sitio, de la forma más barata y a costa de los propietarios es injusto, sobre todo cuando lo que está haciendo que crezca la demanda es el deseo de vivir en determinadas zonas. ¿Por qué los deseos de unos son más importantes que los de otros? El Estado de bienestar socialdemócrata que nos garantiza una vida digna, mediante el reparto de la riqueza busca cubrir las necesidades básicas de los ciudadanos para proporcionar igualdad de oportunidades, no garantizar los deseos de unos sobre los deseos de otros, y mucho menos si esto se hace a costa de los intereses de la mayoría, porque un 78% de propietarios es mayoría.

Muchos de los que lean estas líneas estarán pensando que sin los pisos de alquiler turístico habría mucha más oferta. Es cierto que Airbnb le mete presión al mercado inmobiliario, pero tampoco hay que exagerar. Los datos del informe del Ayuntamiento de Madrid de 2017 sobre este tipo de alquileres dejan claro que Sol es el único barrio que vive “al borde del peligro” con ligeramente un 16% de las viviendas del barrio alquiladas a turistas. Luego va Cortes, con un 8%. Aquí es importante recordar que son dos barrios muy pequeños y con un porcentaje muy grande de edificios públicos, como ministerios, hoteles, centros culturales y oficinas. Vamos, que cualquier cambio se nota bastante en los porcentajes. La presión en los otros barrios del distrito Centro está por debajo del 6%, y en el resto de distritos de la almendra central el problema se reduce mucho. Es decir, dentro de la M-30 los alquileres turísticos no representan ni un 10% del mercado. Eso sí, el informe y su fuente principal, la página ‘inside’ Airbnb, dejan claras tres ideas: más de la mitad de estos alquileres está promovida por propietarios particulares, el 40% son habitaciones en pisos habitados, y “para el 92% de las personas entrevistadas [el alquiler a turistas], suponía una importante ayuda a la economía familiar”.

Envolver el alquiler y la vida en el centro de un aura de progresismo no lo hace más de izquierdas. Lo que es de izquierdas es garantizar la mayor cantidad de vivienda posible a la mayor cantidad de gente posible, gastar dinero extra en hacer que las viviendas estén en zonas de moda es insolidario. A lo que se suma que truncar la capacidad que el mercado ofrece de mejorar la calidad de vida de los propietarios es injusto y amenaza con facilitar la vida a los grandes fondos. Y no olvidemos que una mayoría de un 78% de propietarios silenciosos, frente a una minoría de jóvenes que saben hacer ruido en los medios, es una autentica mayoría silenciosa. Ir en su contra le puede salir muy caro a cualquier político que tenga algún tipo de aspiraciones.

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