De los cantos de Parténope

Microrrelatos de la ciudad #5, por Emilio Callejón


Es un constante estado de excepción. Está claro. Lo que hubo haber sido no lo saben los techos
acrecentados, no lo sabe el Gesù Nuovo, no lo supo el Vecchio.
Ocre. Ocre.
Al color de su espera carecen de impacto los giros de rueda previos al disparo. Revelado automático.
Y han llegado a buen puerto, bronceadas, fuera de juego, tan apenas relucientes, polvoreda aparte, de recuerdo incandescente, las anclas aparcadas en la historia. La cuestión ofende.
Duermen los Reinos, latentes a la enagua más perversa, previos al nuevo impulso del Vesubio.

Sin embargo, yo pregunto.

Les visito, a las Clarisas, que me ordenan confesar mi pecado menos pizzaiolo.

Y es que me acerqué a “La Botteguccia” y no alcancé más que a envidiar al caballero que, rodeado de millares de ejemplares, sin inmutarse por el constante estado de excepción, sostenía en su regazo una edición limitada de cualquier libro, que le contaba cualquier historia sucedida en cualquier ciudad.

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