Madrid Central: una trampa para la Izquierda.

por Jaime Caballero. Publicado en El Confidencial el 22 de julio de 2019


Defender Madrid Central es el nuevo objetivo de muchos de los votantes de la izquierda Madrileña. Ya sea como acto de resistencia frente a la derecha, como lucha por un ciudad más verde, o para mantener el legado de una alcaldesa muy popular entre los suyos, la medida estrella del anterior equipo de gobierno promete seguir protagonizando la política local durante los próximos años.

El origen y las ramificaciones de Madrid Central van más allá de un mero problema de técnica urbanística o política medioambiental. Tanto es así, que la argumentación del recurso de Ecologistas en Acción y Greenpeace expone claramente como el reclamo de un derecho básico al aire limpio y el uso de medidas coercitivas para garantizarlo, choca directamente con la libertad individual de elegir cómo vivir el día a día. Es cierto que esta disputa ideológica subyace en las posiciones defendidas por muchas personas, pero no justifica la celeridad de Martínez-Almeida por deshacer la herencia política de su propio partido. Si queremos entender tal urgencia por parte de ayuntamiento de PP y Ciudadanos debemos pensar en la famosa 3ª Ley de Newton, y la importancia política y electoral de reaccionar ante una medida que el ayuntamiento de Carmena convirtió en símbolo de su acción política.

Hay quien ha acusado a la izquierda de perder Madrid debido a su fragmentación y disputas internas, pero lo cierto es que en las municipales del pasado mes de mayo, el bloque de izquierdas (Más Madrid, PSOE, IU) perdió 25.800 votos con respecto a las elecciones de 2015, y el bloque de derechas (PP, Cs, Vox) ganó 81,200 votos. Cabe preguntarse qué ha motivado que casi un 6% de los votantes hayan cambiado su opción electoral. Si observamos la variación del voto por distritos advertiremos que la hemorragia de la izquierda se ha dado en el sur, precisamente aquellas zonas más pobres, y de mayor extracto obrero. Por el contrario las políticas del equipo de Carmena parecen haber encontrado terreno fértil en los barrios históricos del interior de la M30.

Estos resultados son coherentes con el protagonismo político y mediático que “el centro” ha tenido durante el gobierno de Ahora Madrid, una dinámica en la que Madrid Central se transformó en su buque Insignia o “Flagship “ en argot publicitario. Ahora Madrid llegó a ser “Ahora Madrid Central”, “Ahora Madrid ECO”. Incluso se popularizó la ocurrencia bufa de David Broncano de referirse al servicio de BiciMAD, implantado por Ana Botella, como «las Bicis de Carmena”. Habrá quien argumente que esto se debió a la municipalización de un servicio antes gestionado por la empresa privada, la intención no es discutir al cómico, tan sólo ilustrar el éxito de Manuela al vincular la ecología a su imagen y a su proyecto.

Por ello, aunque Ahora Madrid, en su papel de campeones del ahorro y la responsabilidad fiscal, presentará la medida como una necesidad que nos liberaba de millones de euros en multas europeas, resulta difícil creer que Madrid Central se concibiese como una mera intensificación de la labor del PP con el objetivo de cumplir con las directrices comunitarias. Se trataba de hacer una declaración, de llamar la atención. Se trataba de transformar Madrid en un producto atractivo, moderno, castizo, abierto, joven, y cosmopolita. Un producto perfecto para los consumidores de progresismo y la “izquierda” moderna, y, para ello, el cierre de la Gran Vía a los viejos y sucios motores diesel era el mejor escaparate que el gobierno municipal supo idear. La Reforma de la Gran Vía sería al Madrid de Carmena lo que el Times Square de Jan Gehl al Nueva York de Bloomberg: su puerta de entrada en siglo XXI. El resultado fue un espacio urbano con un diseño actual y de calidad. En medio de esta disputa el único consenso existente es el de la belleza de la reforma. De hecho las grandes firmas que habitan la emblemática avenida saborean ya las mieles de este éxito estético; según Forbes marcas como H&M, Stradivarius o Zara aumentaron sus ventas casi un 10%.

En este contexto de márketing ideológico, cuestionar la forma de Madrid central equivale a cuestionar el fondo. La crítica al cierre de Gran Vía resulta una crítica al proyecto en su conjunto. En consecuencia, por mucho que la oposición hubiera optado por reconocer que regular el acceso al centro era necesario y acorde a la legislación europea, esta situación de “o todo o nada” forzaba a que no pudieran apoyar el proyecto sin significarse a favor de la alcaldesa en su medida más representativa. Eso no iba a pasar, hubiera supuesto un suicidio electoral y una incongruencia manifiesta ante el miedo en el electorado de derechas hacia Podemos, un miedo muy similar al que los votantes de izquierdas puedan experimentar hoy ante Vox.

Por eso, la decisión de Carmena y su equipo de usar la ecología como caballo de Troya fue un error. Los movimientos medioambientalistas se basan en la certeza empírica de una crisis climática, por lo tanto jugarse el mañana en las luchas ideológicas de ayer va en beneficio directo de la contaminación. Si los partidos de la izquierda tradicional aspiran a ocupar el espacio ecologista, han de entender que chocaran con los intereses y las necesidades de mucha gente de clase trabajadora; pensemos en los chalecos amarillos franceses. Tarde o temprano tendrán que elegir la postura que quieren defender, de lo contrario harán que la ecología herede rechazos que no le pertenecen, y su base electoral les abandonará.

La prueba de ello la tienen en Europa. Los jóvenes huelguistas de los ‘Friday for future’, liderados por la sueca Greta Thunberg y la belga Anuna De Wever, ponen mucho cuidado en no definirse ni de derechas ni de izquierdas. De la misma manera, los partidos verdes, en pleno auge, coquetean alegremente con liberales y conservadores. Y es que pese al discurso neo-marxista, que vincula contaminación con modelos de vida y de producción capitalistas, el ecologismo social es un lujo de clases medias acomodadas y progresistas, consumistas y liberales por naturaleza. La revolución será ecológica o no será, pero la ecología, como movimiento político emergente, es el centro.

Desde esta perspectiva se explica la carambola que realizó el nuevo ayuntamiento al cumplir una importante promesa electoral a la vez que la incumplía (Madrid Central no desaparecía). La moratoria temporal durante los meses de verano era el primer paso para elaborar un plan que cumpla con la regulación que redactó la derecha europea, y sea una medida aceptable para toda la sociedad madrileña.

Las deficiencias de Madrid Central van mucho más allá de un sistema de multas que falla 8 de cada 10 veces, y su revisión puede ser una buena noticia para todos. Para empezar, porque identificar el problema del aire, y su solución, con el Distrito Centro resulta un insulto a la inteligencia y a la salud de los que no vivimos en él. Medidas más moderadas en las restricciones y las multas, pero que abarquen un área más amplia de la ciudad, pueden tener un efecto disuasorio sobre el uso del coche tan o más efectivo que cerrar la calle que une Plaza de España con Cibeles. Llevar las bonificaciones del impuesto de tracción mecánica del 75% al 100% a los coches eléctricos, o intervenir en las vías principales de tráfico, puede ser un comienzo. Calles como los bulevares, José Abascal, Francos Rodríguez, Doctor Esquerdo… Calles que articulan el tráfico de la ciudad, y atraen coches al interior de la M-30. Calles muy “paseables”, calles que hacen barrio y tienen mucho pequeño comercio, no grandes firmas en manos de magnates.

En cuanto a las restricciones al acceso de vehículos, existe la oportunidad de actuar de una forma justa que no penalice a los que no tienen dinero para cambiar el viejo coche diesel, en favor de los que pueden cambiar de coche cuando quieren. Las tasas fijas por acceso, como en el caso de Londres, pueden parecer impuestos regresivos de tipo único, pero en realidad son la forma de garantizar que las multas no afecten desproporcionadamente a los más pobres, algo que los múltiples flecos regulatorios de Madrid Central no han logrado evitar. A la vista está el enorme porcentaje de multas mal puestas.

Ahora era el momento de plantear todas estas cuestiones, así como de demandar una cooperación activa entre la Comunidad y el Ayuntamiento en materia de movilidad colectiva. Pero llegó el recurso de los ecologistas, y la medida cautelarísima del juez, y ahora la pregunta es: ¿cómo reaccionará la Junta de Gobierno ante el rechazo judicial a sus alegaciones?¿Aceptará la derrota?

Ecologistas en Acción y Greenpeace tienen experiencia usando la vía judicial madrileña para impulsar sus agendas. Ya lo hicieron con la operación “Mahou-Calderón” cuando apelaron a la ‘Ley de las Tres Alturas’ de Esperanza Aguirre para detener la construcción de dos torres junto al Manzanares. ¿Cómo reaccionó el gobierno regional entonces? Votando a favor de la derogación de su propia ley. Muerto el perro, se acabó la rabia.

La épica numantina de la resistencia contra una medida ligera, que no cancelaba Madrid Central, puede avocar a una decisión política de mucho mayor calado como es la derogación definitiva del Área de bajas emisiones; la reciente vinculación de Madrid Central con el aumento de la delincuencia no augura nada bueno. Esta posibilidad se evitaría si, como en Europa, “los verdes” madrileños estuvieran dispuestos a dialogar con quien hiciera falta, renunciando a ser los antagonistas del otro bando.

La derecha, al timón de Madrid, ha de sopesar bien sus decisiones. Deshacer Madrid Central por razones electorales sin una alternativa válida puede ser peligroso, tanto para Madrid como para sus expectativas de crecimiento entre los jóvenes. En cuanto a las asociaciones y los partidos que se dicen de izquierda han empezado esta nueva etapa política tan mal como acabaron la anterior. Saben hacer ruido, pero necesitan aclarar sus prioridades, especialmente cuando lo que han hecho hasta ahora les ha llevado a perder el poder y a poner en peligro la sostenibilidad medioambiental que dicen defender.

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