Yangón ya no es Pionyang

Asian Affairs #1. por Roberto Campos.


Grandes pomelos como lunas verdes colgados de cuerdas, bananas rojas, cestos de gambas del color del heliotropo y el tamaño de langostas, pescado seco y quebradizo atado como legajos, chiles carmesí, patos abiertos y curados como jamones, cocos verdes, larvas de escarabajo gigante, trozos de caña de azúcar, dahs, sandalias, longyis de seda a cuadros, afrodisíacos con forma de pastilla de jabón (…)”. Así describía el escritor británico George Orwell, el ambiente de la Yangón colonial de los años 30 en la novela burmese days. Sin embargo, muy atrás quedan aquellos días en los que la ciudad era uno de los puertos más importantes del Imperio Británico y su mítico Strand Hotel presumía de ser el establecimiento más refinado al este del canal de Suez.

La historia de Birmania es trágica y convulsa. Hasta el siglo XIX el territorio actual del país era un “collage” de distintas etnias con procedencias, lenguas y culturas diversas, sin nada en común a excepción del budismo. En 1886 los británicos derrocaron a la monarquía birmana y anexionaron la región completa al imperio indio. Durante los siguientes sesenta años de dominio colonial, la estrategia británica respondió al clásico “divide y vencerás”. Concedían a las tribus de las colinas del este una gran autonomía local y las reclutaban para el ejercito y la policía, al tiempo que ejercían un control directo y opresivo sobre la etnia mayoritaria, los bamar, que habitaban valle del Irawadi en la parte central del país. A su vez, durante la Segunda Guerra Mundial, los bamar, hartos del dominio británico, apoyaron a los invasores japoneses frente a las etnias de las colinas que permanecieron leales al imperio británico.

Las luchas internas en el país no solo no acabaron con la descolonización, sino que se hicieron aún más profundas. Acabada la guerra, Londres decidió otorgar la independencia a toda Birmania como entidad única, sin una hoja de ruta definida para la reconciliación nacional. Tras la independencia, el ejército, ahora dominado por bamar étnicos, se hizo con el control, dando comienzo a cinco décadas ininterrumpidas de políticas catastróficas para el país. La economía fue nacionalizada y mal administrada y el aparato del estado, militarizado y controlado por los bamar, intensificó la represión hacía las minorías étnicas. La situación llegó a tal punto, que hace tan solo diez años, el periodista y analista político Robert Kaplan definía a Birmania en su obra Monzón, como una Corea del Norte en potencia. Un régimen cerrado al mundo en el que la junta militar gobernante intentaba conseguir a toda costa algún tipo de capacitación nuclear con el objetivo de perpetuarse en el poder.

Sin embargo, todo empezó a cambiar a partir de 2007 tras las multitudinarias protestas de monjes budistas en Yangón, en contra de la junta militar y en apoyo a la líder de la oposición democrática y premio nobel de la paz Aung San Suu Kyi. En 2011, tras casi medio siglo en el poder, la última junta militar se disolvió para traspasar el poder a un gobierno civil afín, que comenzó un proceso de reformas políticas, económicas y sociales que la Unión Europea y Estados Unidos recompensaron con el levantamiento de la mayoría de sanciones impuestas hasta entonces. Finalmente en las elecciones de 2015, el partido de Suu Kyi ganó las elecciones, consiguiendo el 86% de los escaños en la asamblea nacional.

A pesar de que el ejército conserva todavía un gran poder y los conflictos étnicos no han desaparecido, como demuestra el reciente estallido de violencia contra los rohingyas al oeste del país, la sensación al llegar Yangón es completamente diferente de la que se podía tener hace tan solo diez años. Es evidente que el pulso de la mayor ciudad de Myanmar se va acelerando. Yangón no es bonita, pero está aprendiendo a mostrar el encanto de esa extraña combinación de decadencia y dinamismo. La antigua capital birmana es una de las ciudades más antiguas del sudeste asiático. Mil quinientos años historia han dejado su impronta en la arquitectura de la ciudad. Sin embargo, al igual que le ha venido sucediendo a sus vecinas del sudeste asiático en los últimos años, parece que los inversores y el dinero están entrando a toda velocidad en la ciudad.

En los últimos años se construyen nuevos centros comerciales, modernas cafeterías aparecen frente a las tradicionales teterías con sus mesas y diminutos taburetes de plástico en plena calle y cada vez más bares de copas coronan las azoteas de la ciudad. Incluso grandes empresas hoteleras europeas como Meliá o Novotel han abierto recientemente hoteles de lujo en la ciudad. Más concretamente, a principios de este mes saltaba la noticia de que un consorcio formado por la agencia de cooperación internacional de Corea del Sur, el gobierno de Myanmar y varias empresas privadas, se involucrará en tres megaproyectos urbanísticos que cambiarán la cara de la ciudad en los próximos años y supondrán una inversión de más de dos mil millones de dólares.

Antes del 2023 está previsto que se complete el primer proyecto, denominado Complejo Industrial Corea-Myanmar, que incorporaría industrias pesadas junto a pequeñas y medianas empresas, además de centros de formación profesional para los trabajadores. Los otros dos proyectos “Eco Green City” y “Ayarwun-Yadanr Smart District” tienen como objetivo la creación de nuevas zonas residenciales, necesarias para acoger a la mano de obra que llega para trabajar en las nuevas empresas que se están instalando en la ciudad.

Actualmente Yangón tiene cinco millones y medio de habitantes (un tamaño similar al área metropolitana de Madrid) y aunque supone el 10% de la población del país, representa más del 20% de la economía nacional. La ciudad es el principal centro de Myanmar en sectores como el comercio, la industria, el mercado inmobiliario, los medios de comunicación y el turismo, y la mayor parte de las importaciones y exportaciones del país pasan por el puerto de aguas profundas de Thilawa, situado 25 kilómetros al sur de Yangón. A esto hay que añadir la extraordinaria cantidad de comercio informal que se desarrolla prácticamente en cualquier lugar de la ciudad, y muy especialmente en los mercadillos callejeros del centro.

Sin embargo, a pesar de ser el motor económico del país, Yangón todavía presenta importantes deficiencias en sus infraestructuras públicas que suponen un freno a su desarrollo, fundamentalmente en cuanto al suministro energético y las infraestructuras de transporte. Los cortes de electricidad son frecuentes y desplazarse por la ciudad en hora punta es una misión casi imposible. Para dar una respuesta a estos problemas el gobierno está impulsando proyectos como la “Yangon expressway”. Una autopista que conectará los puntos estratégicos de la urbe: el centro histórico, el puerto de aguas profundas de Thilawa, el aeropuerto internacional, el parque industrial de Mingalardon y la autopista Yangón-Mandalay, que une directamente a la ciudad con la frontera China.

Por suerte las predicciones de Robert Kaplan sobre Myanmar de momento no se han cumplido, y todo indica que el futuro de Yangón se parecerá más al de otras ciudades del sudeste asiático como Bangkok o Saigón que al de Pionyang, algo que hace tan solo diez años no estaba tan claro. A pesar de todo, si quieren visitar Myanmar dense prisa. Ese mundo que describía Orwell de puestos de mercado con grandes pomelos colgados de cuerdas, gente extremadamente acogedora, elegantes “longyis” de seda y calles llenas de bananas de todos los colores sigue ahí, al menos de momento.

 

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