Trinidad de Cuba, una perla en el Caribe

Porqué la arquitectura colonial española es una de las más importantes del mundo

por Fernando Mendizabalpublicado en Viajes Nowhere  2 de septiembre de 2018

 

“El poeta sólo pretende entrar su cabeza en el cielo. El lógico es el que pretende hacer entrar el cielo en su cabeza. Y es su cabeza la que revienta” 

K. Chesterton; Ortodoxia

 

La verdad, la realidad y las ideas, son tres de los grandes conceptos sobre los que ha girado la filosofía occidental y nuestra forma de entender el mundo desde la Antigüedad. Pueden extrapolarse a cualquier disciplina y situación y por supuesto a la arquitectura y en consecuencia al urbanismo. Es por eso que la arquitectura (la disciplina que nos da un techo para cobijarnos) nos muestra cómo somos, cómo vivimos y cómo pensamos, porque se nutre de todos estos elementos, reflejando nuestros deseos, nuestras limitaciones, nuestros logros, nuestras incomprensiones, nuestros conocimientos, nuestras fobias, nuestras envidias y contradicciones… en definitiva, todo lo que nos hace humanos.

Lo que hace particular a la arquitectura dentro de las artes es que tiene una función y voluntad básica: sacarnos de la cueva.

Las necesidades técnicas, científicas, que condicionan la materialización de esa voluntad hacen que la arquitectura sea una manifestación brutal, sin tapujos, ni imposturas de nuestra condición humana. Por eso es tan descarnada y tan sincera, aún cuando intentamos usarla para impostar.

 

En las guerras, se abrían los museos, los teatros y salas de conciertos. Wagner sonaba en Berlín poco antes de la rendición. Por unas horas los habitantes se refugiaban en la creación de las demás artes para olvidar la destrucción real y aplastante de sus edificios y ciudades, que les mostraba la debacle que estaba por llegar.

 

Poco menos de 500 años antes de Jesús, en la todavía democrática Atenas, Fidias terminaba la que sería la obra cumbre de la arquitectura clásica, el Partenón, una obra plena, que encumbró un desarrollo estético de más de tres siglos y que nació como un intento de imitar en piedra el racionalismo constructivo de la madera. Todo ello embellecido por uno de las mejores conjuntos escultóricos de la humanidad. Piezas hiperrealistas, que en algunos casos llegan a imitar la seda en piedra.

 

En esta misma época, el gobierno de Pericles aprobó la reforma del precario puerto (que hasta entonces era poco más que una simple playa y bahía de fondeo) para acoger a la poderosa flota ateniense. El encargado de realizar el primer plan urbanístico ideal en Occidente fue Hipodamo. La ciudad y puerto del Pireo, así como su ciudad natal, Mileto, constituyen dos de los grandes tesoros de nuestra civilización: la materialización de las ideas isonómicas (igualdad de los hombres ante la ley) en el mundo real: en la planificación de una ciudad regular, en la parcelación del territorio y su división en terrenos iguales para ciudadanos iguales.

 

Plano hipodámico de Mileto

 

No duró mucho ese mundo idealista y democrático. La derrota ateniense en las Guerras del Peloponeso frente a la tirana y cuartelera Esparta, trajo consigo la otra cara de la realidad, la pobreza, el desorden, la injusticia, la arbitrariedad y la tiranía, con las que tuvieron que lidiar, entre otros, Sócrates, Platón o Aristóteles.

 

Sin embargo, la gran conquista que supuso materializar en el arte y el urbanismo unas ideas tan avanzadas, perduró durante mil años y sus ruinas son todavía hoy el símbolo del mundo clásico greco-romano.

 

Pues bien, justo un milenio después de la caída del Imperio Romano, la Corona de Castilla comenzó a colonizar América, el mismo año que culminó sus campañas de conquista de la España musulmana. En pleno Renacimiento y redescubrimiento del mundo clásico, uno de las antiguos territorios más romanizados se enfrascaba en una empresa bastante similar al proceso de conquista del Imperio Romano. En apenas un siglo, los castellanos levantaron más de trescientas ciudades a lo largo del nuevo continente. Y al igual que sus antepasados y utilizando las técnicas y conocimientos constructivos y urbanísticos heredados de estos, los castellanos planificaron sus ciudades en forma de retícula y sus edificios en base a los cánones clásicos del mundo helenístico.

 

Pero Castilla, a diferencia de Roma o Grecia llevaba siglos desarrollándose de norte a sur y no de este a oeste y precisamente esto es lo que convierte a la arquitectura colonial castellana en una de las más interesantes del mundo. Gracias a la diversidad geográfica, cultural y climática de la península Ibérica, los castellanos eran una sociedad lo suficientemente flexible como para adaptar sus ideas (entre ellas las de su arquitectura ideal clásica) a las condiciones que el entorno obligaba. En este caso, a lo largo de los casi 6500km de desiertos, volcanes, cordilleras, junglas, estepas y bosques que separan San Francisco de Buenos Aires.

 

La arquitectura y el urbanismo castellanos, son (junto a su hermana portuguesa) la evolución directa de la arquitectura clásica fuera de la matriz europea. Es en esencia el fruto de la globalización de las ideas helenísticas. Y una vez que el mar Caribe se convirtió en una continuación del Mediterráneo, el mundo grecolatino comenzó a expandirse atendiendo a la longitud y no a la latitud.

 

La conquista de América fue, militarmente tan brutal y sangrienta como la de Cartago, Egipto, Galia o Hispania. Con sangre, fuego y mucha diplomacia, los castellanos (a diferencia de otros colonizadores europeos) aplicaron el sincretismo en el arte, la cocina o la religión, como forma pragmática de transformar y unificar bajo una nueva cultura a todos los pueblos de América Latina.

 

Pasear por Trujillo en Perú, por Trinidad en Cuba o por la Antigua en Guatemala se antoja como una extraña versión  de Pompeya, Gerasa u Ostia. De pronto el visitante tiene la sensación de pasear por ciudades romanas vivas y no por ruinas. Ciudades que por otra parte no tienen absolutamente nada de Roma o Grecia más que la idea abstracta y platónica. Ni las edificaciones, ni los templos, ni los foros ni los órdenes canónicos, que encontramos en el mundo clásico y renacentista, se respetan en estas ciudades. La arquitectura española en América nos muestra que el mundo de las ideas marca un camino pero que éste termina donde empieza el mundo de la realidad.

 

En pleno Renacimiento y en la tábula rasa del Nuevo Mundo, los castellanos supieron hacer de la necesidad virtud y los cánones e ideas pensadas por los griegos y para los griegos fueron (de forma deliciosa) horrendamente desvirtuadas. Los castellanos trajeron a Platón y a Aristóteles, trajeron  la isonomía y la ciudad en damero, trajeron los arcos, el ladrillo, las tejas y las columnas. Pero en Cuba las estancias de Trinidad son altas para que el calor del Caribe se escape y por tanto las columnas son esbeltas y alargadas y en la Antigua Guatemala, con un clima templado, rodeada de volcanes y amenazada por sismos diarios, estas son tan bajas que el ancho casi supera a la altura. En las zonas más áridas del mundo, Trujillo o Arequipa tienen tejados planos y en el altiplano de México, Pátzcuaro necesita tejados inclinados y soportales para refugiarse de los aguaceros de la temporada húmeda.

 

Los castellanos también trajeron otros dos elementos importados del mundo clásico, el Cristianismo, y el esclavismo mercantilizado. Ambos convivieron puerta con puerta durante cuatro siglos y sin ellos no podemos entender ni el idealismo que cimienta sus ciudades y su arte, ni la macabra ironía que supone el forzado pragmatismo de los esclavos, a la hora de haber influido de forma tan notable en la identidad cultural del continente.

 

Trinidad es una de las muchas excepciones al modelo reticular e isonómico, establecido por las autoridades castellanas, en aquellos lugares de Latinoamérica donde ejercieron un control estatal efectivo. Sin embargo, la ciudad responde a un modelo de organización urbana más orgánico y jerárquico, que nos muestra la realidad para la que fue construída: centro minero y puerto de llegada de los esclavos africanos. Una ciudad construida por y para grandes empresarios y corporaciones. Una ciudad de señores y de siervos. 

Junto al comercio de esclavos, el clasicismo tropical de su arquitectura, su ordenación urbana medieval, así como la luz, el paisaje y la vegetación caribeñas crearon un lugar exótico, bello y macabro a partes iguales. Un lugar que nos demuestra capaces de lo mejor y de lo peor, en definitiva, un lugar que nos enseña dos caras de la misma moneda. Donde sus magníficas mansiones pertenecieron a algunas de las principales familias cubanas, dedicadas a la trata de seres humanos. En esas casas encontramos los mejores ejemplos de arquitectura tradicional cubana, cuya tipología se repite en toda la isla: tabiques que no llegan a los altos techos, para que el tórrido aire del Caribe circule y genere corriente; así como fachadas monumentales dando a las calles que van perdiendo altura y entidad conforme aparecen los bellos patios interiores.

 

La arquitectura nos muestra tal y como somos, incluida esta otra cara de la realidad: la pobreza, el desorden, la injusticia, la arbitrariedad y la tiranía, que fueron, también entonces y hasta ahora, parte de la cotidianidad y de las paradojas de ese mundo de las ideas que, aunque ya existía en América, también llegó con las carabelas para quedarse. Pronto se convertiría en una de las terribles consecuencias de aquel intento de crear el reino de Dios en la Tierra.

 

Y dado que las excepciones y paradojas tienden a convertirse en las reglas y nos muestran la distancia entre la realidad y la idea; bien nos vendría aceptar la lección conservadora que encontramos en el helenismo americano y abrazar el pragmatismo como virtud para reformar el mundo real.

 

Trinidad de Cuba

 

Los edificios y ciudades coloniales en todo el continente, y especialmente en el caso de Trinidad de Cuba (la preciosa y a la vez macabra ciudad esclavista), suponen una cruda lección histórica de realismo: bajo el manto de un lenguaje clásico, encontramos el virtuosismo y el ingenio de sus arquitectos para dar con soluciones originales, que resuelven problemas concretos del lugar. Pero encontramos también una ciudad irregular, sin planificación previa y de desarrollo espontáneo, siguiendo las curvas de nivel y abriendo plazuelas al estilo medieval.

 

Encontramos, en definitiva, un mundo de ideales clásicos, totalmente desvirtuados por la realidad que tenemos que administrar las personas. Ideales que marcan un objetivo, al que desde el principio se acepta que no se va a llegar. Una lección que bien debieron y deberían tener en cuenta quienes allí ostentan el poder. Y es que, las ideas por si solas no resuelven las contradicciones a las que nos enfrenta la realidad. Y quienes se declaran incondicionales de las ideas, no deberían convertir al pragmatismo en un enemigo reaccionario, sino aceptar sus limitaciones, si, como dicen, pretenden resolver el hambre, la injusticia, la arbitrariedad y, sobre todo, la tiranía.

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