PornoBurka: la gentrificación eres tú

Reseñas literarias de la ciudad #2,

por Beatriz Arranz.


Hablar de gentrificación está de moda. Es una de esas palabras que parece que estamos siempre intentando colar en las conversaciones. Es una idea que parece estar esperándote a la vuelta de cada esquina. Cuando pasas por un local castizo que se traspasa. Cuando te cruzas con guiris arrastrando maletas con ruedas por el centro (y a veces no tan centro) de Madrid. Cuando te cobran 3,5€ por un café y una tostada…

A veces pareciera que es un ente abstracto por la manera en que convocamos el término. Como si se tratara de un virus que se esparce por las grandes áreas metropolitanas, dejando un paisaje desolador. Me hace pensar en Pinochet hablando del marxismo: “Es como un fantasma…cuesta mucho atraparlo”.

Citas legendarias aparte, me surge una duda. La gentrificación es una de tantas estrategias inmobiliarias especulativas. Una de tantas maneras en que se reflejan las desigualdades en nuestra sociedad. Otro ejemplo de que, en este mundo, tener dinero marca la diferencia. Con esto no estoy intentando desmerecer la importancia del fenómeno. Solo lanzar la pregunta: ¿Qué hace que nos hayamos aprendido una palabra tan larga y tan poco amigable? ¿Por qué es tan popular?

Probablemente la respuesta a estas preguntas sea compleja y llena de matices, como la realidad misma. Pero como punto de partida, me parece importante reflexionar sobre cómo la gentrificación se ha convertido en un “chivo expiatorio” que ha conseguido que gente que forma parte del problema, se sienta parte de la solución.

Ser rico acarrea un imaginario que no resulta demasiado atractivo hoy en día. Los collares de perlas, jugar al padel, los coles privados con uniforme,…no son nada cool. Sin embargo, la multiculturalidad sí que está de moda. Cenar en un restaurante indio, aprender a bailar ritmos africanos, a leer en árabe,…

Dice Brigitte Vasallo en su glorioso PornoBurka que: “Las criaturas de la modernidad se escandalizan de la decadencia, pero disfrutan de ella: les da ese aire tan guay codearse con la chusma las noches del sábado, comprarle una cerveza al paki, echarse una charla con un puta sin papeles.”

Y aquí me gustaría abrir un pequeño disclaimer. No hay nada negativo per se en querer conocer otras culturas. De hecho, al igual que viajar, puede ser sumamente enriquecedor. Pero no hay que confundir abrir nuevos espacios de ocio con haber entrado en contacto con la realidad de determinadas minorías. Y sobre todo, no se puede caer en la trampa de pensar que, por irse a vivir a Lavapiés, uno deja de tener su estatus socioeconómico alto y de ser un privilegiado.

Hablando en plata. Deja de rajar de los guiris con sus maletas, porque si tú también vives y/o consumes en Lavapiés, estás participando del mismo circuito. Por mucho que te empeñes en mantener el trampantojo vistiendo como un o una punki. Que no se te llene la boca hablando de lo racista que es todo el mundo sintiéndote una criatura pura y libre de prejuicios porque especias tus comidas con curry. Caer en estas pequeñas hipocresías cotidianas es caldo de cultivo para convertirse en una persona muy confusa y que contribuye muy poco a que la sociedad sea más justa.

Sobre este tema, el antes citado PornoBurka tiene mucho que decir. Aunque se publicara allá por 2013 (tan solo 5 años que en el universo millenial parecen un siglo) sigue estando vigente. Y es que, aunque la gentrificación en Lavapiés puede resultar relativamente reciente, el libro nos sitúa en un contexto anterior en el tiempo pero muy próximo en el plano sociológico. No en vano, el título de este manuscrito se complementa en la misma portada en el margen inferior con “Desventuras del Raval y otras f(r)icciones contemporáneas”.

El Raval es un barrio céntrico de Barcelona, famoso por haber sido un suburbio desde tiempos inmemoriales y haberse visto inundado de bohemios a principios del siglo XX. Con la llegada de los Juegos Olímpicos, y debido a su localización privilegiada, comienza un proyecto urbanístico a gran escala que transforma lo que antes era el “barrio chino” en un espacio moderno y cosmopolita. En unos pocos años, el Raval cambia diametralmente de aspecto y habrá que preguntarse si también de contenido.

PornoBurka nos transporta a la siempre colorida y diversa ciudad de Barcelona, y más concretamente, a lo que ha quedado en la actualidad de este icónico barrio que tanto recuerda a nuestro Lavapiés. Una vez allí, con un sencillo pero elocuente relato de historias cruzadas, Vasallo nos muestra una realidad sucia, injusta y bastante canalla en la que casi nadie sale bien parado. Queda en manos del lector averiguar en qué lugares queda parcial o totalmente retratado y decidir si la vergüenza (propia y ajena) le permite seguir leyendo. Esto será relativamente fácil para aquellos y aquellas que disfruten del humor y sepan reírse de sí mismos. Probablemente más doloroso para aquellas personas que no hayan aprendido aún a convivir con las contradicciones internas que nos caracterizan a todos.

Dicho esto, y al margen de los aprendizajes que sin duda acompañan la lectura de PornoBurka, me gustaría incluir otra pequeña reflexión. El ocio multicultural está bien, y puede complementar una vida sana, junto con la actividad física y la alimentación saludable. Pero la verdadera manera de luchar para evitar las desigualdades sociales es asegurar el acceso a las coberturas básicas para todas las personas. Es más importante ahora mismo para la población migrante luchar porque accedan a una sanidad universal, pública y gratuita, sin excepciones, que por mantenerles viviendo en Lavapiés. Es más importante que no se restrinjan aún más los requisitos para acceder a una Renta Mínima de Inserción que asegurarse de que se puede vivir por menos de 600 euros en el centro de Madrid.

Obviamente, es lamentable que la vida de barrio tenga que hacerse cada día más periférica ante el avance incesante del parque temático en el que se está convirtiendo el centro. Pero empeñarse en mantener reductos similares a la aldea gala de Asterix y Obelix es contraproducente por dos motivos. Primero, porque es parte de la perversión del modelo mantener parte de la “chusma” en estos barrios renovados para que tenga ese puntito canalla que tanto nos gusta y nos mantiene engañados ante nuestra verdadera identidad pequeñoburguesa. Y segundo, porque como ya ha demostrado el Institute of Health Equity, las condiciones de vida de las personas pobres son peores en los barrios ricos que en los barrios pobres.

Esforcémonos por asegurar la vivienda digna para todas las personas, sin preocuparnos tanto de dónde se ubique esta. Reflexionemos sobre nuestro lugar en el mundo y seamos honestos sobre hasta dónde estamos dispuestos a ceder privilegios por el bien común. Y sobre todo, si participamos del proceso de gentrificación, seamos conscientes de nuestro papel.

¿Qué es gentrificación? ¿Y tú me lo preguntas? Gentrificación eres tú.

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