La turistificación, uno de los principales retos de las ciudades en el sXXI

Notas #1,

Por Fernando Mendizabal.


 

Sólo han pasado 25 años desde que se generalizó el turismo de masas.

Hoy la turistificación es uno de los principales retos a los que se enfrentan nuestras ciudades. Sus centros se ven hoy poblados por miles de turistas cuya presencia es criticada por los vecinos como elementos disruptivos que modifican la forma de vida, la economía, el comercio e incluso la fisonomía e identidad de las ciudades, que favorece un empobrecimiento cultural de las mismas.

El turismo de masas es un tema político esencial en las ciudades afectadas. Desde los pisos turísticos pasando por el tipo de comercio a la masificación de espacios públicos que ya no son utilizados por los habitantes de la ciudad. Hasta acciones directas tipo “Tourists go home” o incluso la quema de un turibús en Barcelona por grupos de extrema izquierda.

La turistificación es un problema relativamente nuevo a escala global y sólo en los últimos años, los ayuntamientos y academias están empezando a diseñar estrategias para abordarlo. Nos enfrenta al triple dilema de querer poner trabas a la presencia del turismo de masas sin dejar de aprovechar sus ventajas económicas y al mismo tiempo nos consideramos a nosotros mismos parte del problema de la masificación cada vez que viajamos a otras ciudades, lo que supone una enmienda a nuestra forma de vida. Por último, nos plantea una cuestión elitista: ¿Quien debe poder visitar lugares que se degradan con la presencia de mucha gente? ¿Solo aquellos que valoren el lugar o deben ser cuotas diarias?

Al respecto, recomiendo el artículo de nuestro colaborador Alberto Garín sobre la crítica elitista a la masificación de los museos en Disidentia.

¿Cómo evitar que ciudades, ruinas, playas…no se conviertan en parques temáticos desagradables y masificados? ¿Cómo encontrar un equilibrio que no degrade el valor histórico, medioambiental y paisajístico de nuestros espacios culturales?

Así, de las ruinas de Machu Picchu a las de Angkor Wat o al Museo del Louvre, de Nueva York a Dubrovnik o Roma, de los geisers Yellowstone a las playas de Phuket y Phiphi en Tailandia, de los hoteles y casinos de Macao a Sihanoukville en Camboya. El turismo de masas, acrecentado en millones por la nueva clase media china, está alterando la identidad de los lugares, perjudicando al medio ambiente y a la vez que enriquece a las poblaciones afectadas, cambia la fisionomía de los mismos, las estructuras socioeconómicas e incluso los equilibrios geopolíticos del mundo.

Esto último es lo que actualmente sucede en Cuba. Del mismo modo que en los años 60 el turismo ayudó a transformar la moral de la sociedad española, la isla caribeña se enfrenta hoy a la misma situación, todas las semanas atracan en el puerto de La Habana Vieja cruceros llenos de pasajeros estadounidenses que, junto a los miles que aterrizan diariamente en el aeropuerto de la ciudad, están transformando con gran rapidez la economía de la ciudad, lo que, unido a la proliferación del cuentapropismo, supondrá un cambio profundo en la mentalidad política de su sociedad.

Otro caso que podría darnos algunas pistas sobre el futuro de las ciudades históricas europeas lo encontramos en Venecia. Hace cosa de 10 años algunas ciudades del mundo comenzaron a aplicar tasas turísticas para complementar equilibrar los efectos negativos de la masificación en el tejido social y económico de las mismas. Pero ahora Venecia, posiblemente una de las ciudades que desde hace un siglo más está sufriendo este fenómeno, empiezan a valorar opciones más drásticas cómo aplicar cuotas al número de turistas que acceden a la ciudad cada día sin alojarse en la misma, aceptando, de hecho, ser un parque de atracciones.

El caso de Venecia es paradigmático al igual que el de Barcelona dado que además del turismo que accede por vía aérea o trenes y coches venecia es una ciudad muy expuesta al desembarco de miles de turistas que llegan a la ciudad en los enormes cruceros de vacaciones.

No es descabellado pensar que dentro de unos años Venecia no solamente aplique una tasa turística y una cuota diaria de acceso como actualmente, sino sea una tasa mucho mayor, en primer lugar precisamente a estos turistas que desembarcan de los cruceros y posteriormente a todos aquellos visitantes que no vayan a participar de alguna de las actividades culturales que ofrece la ciudad, o que no sean ciudadanos italianos o estudiantes universitarios. ¿Sería este un ejemplo a seguir por otras ciudades museos o parques naturales y zonas expuestas a la masificación turística?

Estos son solo dos ejemplos cualquiera de los interesantes y contradictorios efectos que provoca este fenómeno en el mundo. Favorecer un turismo diverso y de calidad, “que no degrade el patrimonio cultural” implica, como dice Carlos García Miranda, que los gobiernos municipales no solo se preocupen por fomentar el turismo, sino que deben ocuparse de sus turistas al igual que de sus ciudadanos.

 

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