Historias del urbanismo colonial en Hispanoamérica

Urbanismo histórico hispanoamericano #1.  por Alberto Garín.


En julio de 1773, una serie de fuertes terremotos afectaron a la ciudad de Santiago de Guatemala (hoy conocida como la Antigua) lo que movió al Capitán General de la época, Martín de Mayorga, a trasladar el emplazamiento de la urbe del valle de Panchoy, donde es ubicaba, al valle de las Vacas, donde se creó la Nueva Guatemala de la Asunción. Santiago era en 1773 capital del Reino de Guatemala, una capitanía virreinal hispanoamericana que abarcaba desde Chiapas a Costa Rica, incluyendo los estados modernos de Guatemala, Belice, Honduras, El Salvador y Nicaragua. El traslado se llevó a cabo definitivamente en 1776.

Bien es cierto que la Antigua no había sido tan afectada como Mayorga quiso hacer ver a la corte de Madrid y que el traslado, que no era realmente necesario, se realizó dentro del marco general de reformas impulsadas por el rey Carlos III. Pero, en cualquier caso, pudo suponer un hito en la historia del urbanismo hispanoamericano. Para 1776, hacía casi una década que el gobierno de Carlos III había impulsado un plan de urbanización del área de la Mancha y Sierra Morena, donde se crearon localidades como La Carolina o La Carlota entre otras muchas. Una serie de pueblos fundados para intentar colonizar espacios agrícolas marginales.

En el caso de Guatemala, se trataba de crear toda una nueva capital que viniese a controlar un territorio más vasto que la corona de Castilla. El problema no es que los historiadores no hayan prestado suficiente atención al hecho, es que tampoco la corte de Carlos III fue consciente de lo que realmente se estaba creando, una dejadez que fue una constante de los monarcas españoles en relación con sus posesiones americanas.

La primera traza de la Nueva Guatemala fue realizada por el ingeniero militar Luis Díez Navarro, un veterano instalado en Centroamérica desde hacía varias décadas, que optó por una solución muy sencilla: una planta en damero, con una plaza central entorno a la cual se ordenarían los edificios oficiales (el palacio del gobernador, el ayuntamiento, la catedral); y cuatro plazas secundarias, una en cada cuadrante. Como gesto hacia la modernidad, el damero estaría rodeado por una serie de bulevares o alamedas que actuarían como límite de la ciudad.

Plano del proyecto para la nueva ciudad de Guatemala de Díez Navarro.

El proyecto enviado a Madrid, fue rechazado por Sabatini, quien consideraba que no era lo suficientemente prestigioso. El arquitecto de Carlos III decidió entonces enviar a uno de sus discípulos, Marcos Ibáñez, a Guatemala. Cuando Ibáñez llegó a Centroamérica, hizo un levantamiento de lo que ya se estaba edificando. No tuvo tiempo de plantear un nuevo proyecto, porque la ciudad ya estaba en proceso de construcción. El plano de Ibáñez muestra una planta reticulada, con una variación en la dimensión de las manzanas que rompía la monotonía de Díez Navarro, pero que respondía a los intereses de los guatemaltecos. La plaza central seguía siendo el motivo principal de la traza y las plazas secundarias se habían visto desplazadas y en vez de estar en el centro de cada uno de los cuatro cuadrantes, quedaban en los ejes centrales: una plaza secundaria al norte de la central, la segunda al sur, la tercera al este, la cuarta al oeste. Los bulevares de cierre habían desaparecido.

Plano del proyecto Marcos Ibáñez.

El plano fue enviado a Madrid y Sabatini ya no dijo nada a pesar de que Ibáñez realmente no añadió ninguna de las recomendaciones que el italiano había dado a Díez Navarro. De esta forma, la última capital virreinal construida en Hispanoamérica, lejos de responder a algún modelo teórico ilustrado fue un extraño maridaje entre la más antigua tradición de los colonizadores (la planta reticular) y los intereses de los guatemaltecos ilustres (grandes propietarios civiles, órdenes religiosas…).

Sería interesante pensar que si una ciudad levantada bajo el Despotismo ilustrado, el monarca no logró hacerse escuchar, ¿qué posibilidades reales había de que sí ocurriera en el siglo XVI cuando se levantaron la mayor parte de las ciudades hispanoamericanas? O, dicho de otra forma, ¿por qué seguimos buscando un respaldo teórico para un proceso urbanizador, el más grande de la historia, el del XVI, que debió ser el resultado de la libre iniciativa de los conquistadores?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *