Una plaza para mis árboles

por Jaime Caballero.


En el madrileño Museo de Prado hay muchos cuadros, algunos mejores otros peores. Unos tienen escenas bonitas, con jardines y animales en el fondo, flores rosas, montañas y puentes. Otros, en cambio, son más aburridos, y aunque se centren en rostros cautivadores, tienen unos fondos ocres bastante feos y pobretones. ¿Por qué no son un poco más bonitos?  Solo hay que ir al Louvre y fijarse en la Gioconda, un retrato que triunfa gracias a su sonrisa y a su cautivador fondo de naturaleza. ¡Hagamos que las pinturas del Prado tengan tanto éxito como La Mona Lisa!  propongo que se arreglen los fondos de los aburridos cuadros del Barroco español y se les pongan fondos vegetales mucho más bonitos. ¿Si funciona en Paris, porque no va a funciona en Madrid?  Está bien, igual pintar sobre un cuadro antiguo está feo, además seguro que el precio del pintor, de las pinturas y de los barnices necesarios es muy alto y, lo que es peor, se tardaría mucho tiempo. Pero…. ¡Eureka, usemos pegatinas!, además si en algún momento nos cansamos podremos recolocarlas.

 

 

 

Realizar ejercicios de re-embellecimiento del patrimonio cultural expuesto en los museos de nuestro país generaría algo de polémica, pero como en toda ley que se preste existen “vacíos legales”: ¿Y si nos centramos en el patrimonio que no está dentro de 4 paredes? Señoras y señores ahí “ancha es Castilla”, porque a diferencia de los museos, las ciudades, sus plazas y sus edificios son elementos culturales vivos sometidos a los caprichos que podamos tener hoy. En el fondo, para algo nos esforzamos tanto en ser el origen de nuestro presente ¿Vamos a permitir que nos aten de pies y manos los errores del pasado?

Pues algo así debió pensar quien ha tenido la ocurrencia de llenar la Plaza Mayor de Madrid de macetas donde plantar pinos y flores, (en realidad lo que se pretende plantar son una variedad de cipreses, pero permítanme la licencia gráfica).

La recuperación del jardín que en algún momento durante la segunda mitad del siglo XIX ocupó la Plaza Mayor es una muestra triste de arrogancia e ignorancia por parte de las administraciones publicas involucradas, así como de la connivencia del seguimiento mediático que se ha realizando.

De acuerdo a la información que se ha publicado, contra las pilastras de la plaza se van a colocar 100 maceteros con coníferas de dos metros de altura con la intención de “recuperar su estado original, y armonizarla con otras plazas europeas como la Plaza Vendôme “. Grandes noticias para los Estados Únicos de Europa, todavía no tenemos la unión bancaria, ni la armonización fiscal, pero las plazas van como un tiro. Un nota pedante para los señores del ABC que publicaron esas líneas, la Plaza Vendôme es quizás la única del centro de París que no tiene árboles…

Considerando que lo que hoy hay delante de las pilastras son mesas y sillas de restaurantes y teniendo en cuenta los antecedentes del Ayuntamiento de Madrid, es fácil sospechar que el objetivo real es embridar y reducir las terrazas que se llenan de turistas y convierten la plaza en un circo de variedades chabacano.
Pero por desgracia se trata de una mera especulación, lo que nos aleja de la reflexión sobre el espacio público y el espacio comercial, uno de los debates más ricos de la actualidad municipal, y nos obliga a aceptar la argumentación oficial ofrecida por la señora Marisol Mena, responsable municipal de intervención en el paisaje urbano. Esta señora ha defendido el proyecto como un ejemplo de colaboración entre el ayuntamiento, el gremio de hosteleros, y la asociación de amigos de la Plaza Mayor, quienes promovieron la idea en origen. Con amigos así ¿quién necesita enemigos? que diría aquel. Ha defendido que se trata de “recuperar” una plaza “más amable” para los madrileños. Demos gracias al Ayuntamiento que nos protege de sentirnos agredidos por todo aquello que no esté de moda.

La Plaza Mayor de Madrid que nació como espacio de mercado extramuros entorno a la laguna de Luján, es una parte fundamental del patrimonio Artístico histórico cultural de España no ya solo de la Villa. Urbanística y arquitectónicamente hablando es un tesoro que nos ayuda a entender la vida y la mentalidad del Barroco español, que tiene sus raíces profundamente hundidas en la tradición mediterránea de lugares pensados para eventos públicos, desde las ágoras y los foros romanos a los “campos” del renacimiento italiano o las plazas de armas y zócalos de la cultura hispánica. Un conjunto urbano que además nos lleva por la historia de nuestra arquitectura gracias a la intervención que realizó Juan de Villanueva – maestro de la ilustración española – tras el incendio de 1790.

En la Plaza Mayor se celebraban ferias, corridas de toros, autos de fé, torneos, justas poéticas, ejercicios militares, trapicheos y todo tipo de indecencias, pero se hacían a la luz del sol y la vista de los balcones, no a la sombra de los cipreses y al olor de las flores. Los años de jardín que ahora se intentan “recuperar” fueron un accidente muy vistoso en fotografías color sepia. Un coqueto y desafortunado accidente, solo justificable por el ímpetu de la mentalidad burguesa afrancesada que se esforzaba por importar las modas de una Europa en ebullición como forma de refrescar la herencia de la contrarreforma y las contiendas del siglo XIX. Un accidente enmarcado dentro de un proceso profundo de transformación de Madrid con los ensanches del Plan Castro, que tenía la vocación de que la ciudad dejase de ser un villorrio castellano y se transformase en una capital europea de pleno derecho. Hoy la situación es muy distinta, y en todo caso la necesidad que impera es la de conocer y entender nuestro pasado con el cariño y el aprecio que se merece. Por ello poner arbolitos en maceteros porque las fotitos antiguas son muy bonitas y curiosas carece de todo sentido y es un acto de adanismo impropio de una sociedad culta y un gobierno municipal responsable. Y que la cobertura mediática se haya centrado en el coste económico de la operación, obviando su coste cultural, arroja luz sobre la importancia que nuestra sociedad le da a su herencia, su patrimonio y su cultura, nos muestra que convertir al periodismo en policías del gasto publico, nos deja solos frente a la ignorancia.

El conjunto de la Plaza es una obra de arte de valor histórico y cultural incalculable y, por ello, toda intervención debe venir respaldada por un planteamiento teórico profundo y un afecto sincero. No deberían caber caprichos, aunque sean las asociaciones civiles quienes los promuevan. Sí deberían caber diálogos, como el circulo que la disfrazó de pradera, o el sombrero luminoso que se descolgó de sus fachadas hace si quiera unos meses, pues es un espacio vivo y es legítimo que se viva.

No es descabellado pensar que la intervención quedará vistosa y será popular, y que la gente la inmortalizará en sus selfies, ya que con arboles todo queda mejor y más eco. Al menos nos queda la esperanza de que un día recuperamos el espíritu crítico y la mirada curiosa y retiraremos fácilmente los maceteros para devolverle a Madrid su Plaza Mayor.

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