Rawabi, una oportunidad para Palestina

#1_Asentamientos y poder. por Jaime Caballero.


Este año se celebra el 70 aniversario de la fundación del estado de Israel, más concretamente de la votación en la asamblea general de la ONU, en la tarde del 14 de mayo de 1948.

Y siendo conscientes de que desde aquí nos podemos perder en cualquiera de los complejos recovecos del conflicto entre Israel y Palestina, detengámonos un momento en las razones que permitieron la fundación de Israel y, precisamente, hacen muy difícil que Palestina hoy este disfrutando de su independencia.

Se ha escrito mucho sobre los contubernios internacionales que propiciaron tal votación, desde la culpa obligada por el horror del Holocausto, a las maquinaciones políticas de nobles y banqueros como los Rothschild, que culminaron con la firma de la declaración del por entonces Secretario del Foreing Office y ya ex Primer Ministro Británico Arthurd Balfour en 1917.Incluso se puede llegar al mismísimo Napoleón, quien, continuando con la herencia de la equiparación de los judíos al resto de los ciudadanos en la Francia revolucionaria, llamó a formar un estado judío en Israel cuando tomó la región durante la campaña de Egipto-Siria.

Pero todas estas razones o sucesos difícilmente hubieran logrado por si solos dar sentido al Estado de Israel en el 48 si los Judíos no hubieran construido de ante mano una sociedad fuerte, organizada y, sobre todo, viable.

Al contrario de lo que muchos pretenden defender, los judíos nunca dejaron de estar presentes en Palestina. Como minoría dentro del imperio Otomano y en la región se limitaban a vivir en comunidades y ciudades de mayoría musulmana, principalmente Jerusalén, Hebrón, y Galilea,  aunque cabe mencionar que hay fuentes que defienden que antes de la primera mitad del siglo XIX Jerusalén ya era una ciudad de mayoría judía.

Ahora bien, la cosa cambia en 1870 cuando una asociación judeo-francesa fundó, a la espalda del puerto de Jaffa, una escuela agraria para enseñar a establecer colonias en las zonas despobladas de Palestina, y en 1882 un grupo de judíos rusos funda unas colonias no muy lejos de lo que hoy es Tel Aviv e inicia lo que hoy se conoce como La primera Aliyah. Esto sucedió entre 15 y 25 años antes de que Theodor Herzl diera oficialmente el pistoletazo de salida al Sionismo con la publicación  de “El estado Judío”.

El numero de asentamientos siguió creciendo en la zona, y uno de ellos Ahuzat Bayit, justo en la playa a las afueras de Jaffa terminó convirtiéndose en Tel Aviv.  Y así, concentrándonos en como ha se ha ido organizando la presencia judía al oeste del rio Jordán, podríamos continuar el relato histórico del Estado de Israel, deteniéndonos en los Kibutz, y hablando de viejas y nuevas ciudades hasta llegar a los asentamientos de los que hoy tanto se habla. Podríamos recorrer todo ese camino, para llegar a la conclusión de que en esta región del mapa la creación de nuevos núcleos urbanos ha sido la forma más efectiva de redefinir las relaciones de poder.

Hoy, tras setenta años de conflicto efectivo y más de cien de conflicto cultural, el conflicto israelí palestino no es otra cosa que un conflicto de Lindes. Tan viejo como la leyenda de Rómulo y Remo, tan viejo como la idea de la propiedad del suelo. A la abstracción de la tierra prometida, los hechos consumados a lo largo de los años le ha otorgado la fuerza emocional de la realidad, algo tangible a lo que vincularse a través del mérito logrado con el esfuerzo y el trabajo duro. Pero también le han otorgado el potencial de futuro, desarrollo, riqueza y bienestar que la urbanización presenta ante los olivares y los campos de granados centenarios. Es decir, como en toda operación de expropiación, la voluntad de progreso arrasa con la pobre permanecía y pasividad de lo ya conocido.

Esta es quizás una de las diferencias más profundas entre la mentalidad de los judíos israelíes y la de los árabes palestinos, ya que estos se han visto alienados de su voluntad y de su capacidad de creación colectiva. Relegados a vivir de las rentas de la historia en ciudades en su mayoría milenarias fundadas por cananeos, egipcios, romanos o judíos, coartados por el control militar Israelí, el abandono de sus vecinos árabes, y el propio cultivo de sus traumas, los palestinos han quedado a la deriva y sin visión de futuro.

Y de repente surgió Rawabi; el proyecto de un millonario, que pese a todas las luces y las sombras de las que adolece, muestra una actitud original: la voluntad de ofrecer una alternativa, de tomar las riendas y proponer una idea de futuro factible hoy. Un proyecto arriesgado e intrépido que abre el camino a una nueva manera de pensar en Palestina. No se trata de un proyecto legítimo por estar en la tierra de sus antepasados y por venir promovido por los débiles y los vencidos. Se trata de un proyecto legítimo por todo lo que permite soñar, porque ofrece éxito y ofrece bienestar. Capitalismo en estado puro: riesgo, promesa, evolución y futuro. Un proyecto que le habla a Israel en sus términos y en sus medios.

Rawabi es poco más que una promoción inmobiliaria relativamente bien financiada, y no más grande que muchos de los asentamientos que los Israelíes construyen sin descanso, con el apoyo de su actual gobierno de jóvenes colonos radicales. Pero las ciudades Israelíes en sus orígenes no fueron mucho más que pequeñas granjas colectivas, granjas que generaron una estructura social voluntariosa y esforzada que es precisamente lo que falta en Palestina.

Rawabi es una oportunidad y un ejemplo y nos permite reflexionar sobre la esterilidad del victimismo y la mera supervivencia. Para que exista una solución con dos estados, ambos deben ser viables y con caminos y herramientas claras para ofrecer futuro y bienestar a sus ciudadanos. Si esto no es así las dinámicas de poder solo permitirán el vasallaje y eso significa perpetuar el conflicto por las Lindes. Un conflicto que Israel ya ha ganado. Rawabi es una nota disonante que merece ser escuchada con atención, porque en esta región del mapa, la creación de nuevas ciudades ha sido la forma más efectiva de redefinir las relaciones de poder.

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