Madrid un poco más de todos

La participación ciudadana como base del tejido comunitario

por Beatriz Arranz.


A lo largo de los últimos dos meses, Madrid ha quedado cubierta de escombros, vallas y socavones en lo que podría parecer un intento masivo de búsqueda del tesoro. Pero la realidad siempre es mucho menos pintoresca, y tan solo se trata de un fenómeno que se repite año tras año en las mismas fechas: aprovechar la reducción del flujo de tráfico y transeúntes para llevar a cabo las pertinentes reformas en el metro, alquitranado de la calzada, etc.

 
Este verano, sin embargo, un caso concreto ha sacudido suavemente el aura de monotonía y aletargamiento habitual del proceso: la ampliación y reforma de las aceras de la Gran Vía. Si bien ha generado opiniones del todo dispares en torno a cómo afectará al tráfico rodado, los cambios con respecto al diseño original y la utilidad real de ensanchar las aceras; es interesante no solo centrarse en su importancia como proyecto urbanístico sino también como proyecto político.
La cuestión de una potencial reforma de la Gran Vía de Madrid se planteó a la población madrileña en Febrero de 2017 a través de una consulta ciudadana de carácter vinculante. Esta, junto a otras cuestiones (como ha sido el proyecto para la nueva Plaza de España, el billete único para el transporte público o los Presupuestos Participativos) forman parte de la política del actual consistorio de favorecer la participación ciudadana a través de su implicación en determinadas tomas de decisiones. Y no se trata de una medida meramente cosmética.

 
El fomento de la participación, como estrategia política, pretende devolvernos un espacio que nos ha sido expropiado; desde el que cada vez nos cuesta más pensar: el de la comunidad. El capitalismo y la globalización no solo nos ofrecen una manera de entender el mercado y las relaciones laborales, entre trabajadores, empresas, grandes corporaciones e incluso países. También influyen en cómo interpretamos el mundo. Hace ya casi 20 años, Naomi Klein nos explicaba cómo la retórica del marketing había abandonado el producto para comenzar a vendernos estilos de vida. El nivel de sofisticación del consumo es tan elevado que hemos sido capaces de impregnar con él nuestros intereses culturales e intelectuales y hasta nuestra identidad. El capitalismo media nuestras relaciones con los objetos, los espacios y, por supuesto, también con las personas. Nos ha ido convirtiendo cada vez más en individuos y menos en colectivos, para facilitar la tarea de que seamos cada vez más consumidores y menos ciudadanos. ¿Son estos conceptos antagónicos? Quizá no en todos los casos, pero cuando el debate se encuentra entre poner unos bancos para sentarse o ampliar la terraza de un restaurante, creo que el conflicto se evidencia.

 
Poder elegir cómo queremos que sean los espacios públicos de la ciudad, proponer proyectos en los que gastar parte de los presupuestos, son maneras de ejercer el derecho y el deber que supone pertenecer al municipio y comenzar a entender la ciudad como el espacio público y común que es. Permitir a la población decidir de manera vinculante sobre asuntos del municipio de Madrid, nos convierte un poquito más en madrileños. Y al convertirnos en madrileños, e incluso más concretamente en arganzueleros, portasoleños, aravaqueñas o alucheras, estamos reapropiándonos de ese espacio relacional que es el tejido comunitario.
Este espacio que recuperamos, no es solo abstracto, también es material. Material porque los lugares sobre los que estamos tomando decisiones son reales y podemos llenarlos. Podemos apropiarnos de ellos cuando decidimos en qué se van a convertir y generamos una mayor responsabilidad hacia ellos cuando los sabemos nuestros. Cuidamos más lo que sentimos de todos y no de nadie.

Con todo, hay quien se lleva las manos a la cabeza por dejar decisiones tan “técnicas” en manos de la ciudadanía. Entiendo que si a alguien le quita el sueño que se abra una consulta ciudadana en torno al diseño de una plaza o una calle, con la perspectiva de que vivamos en una democracia parlamentaria se le tienen que abrir las carnes. Porque si la ciudadanía no está preparada para decidir si quiere un metro más de acera o no, cómo va a estarlo para decidir acerca de cuestiones mucho más complejas como la sanidad, los impuestos o la autodeterminación de los pueblos.

 
En cualquier caso, son varios los ejemplos que han demostrado la capacidad de pequeños grupos de personas de hacerse cargo exitosamente de la gestión de espacios públicos sin intervención de la administración pública. Uno de ellos es el de Campo de la Cebada, un espacio en plena plaza de La Latina, que pretendía ser la reconstrucción de las instalaciones deportivas del barrio y que quedó convertido en un solar inhóspito cuando se paralizó el proyecto en 2009, al inicio de la crisis. Ante el inmovilismo del consistorio, los vecinos se decidieron a ocupar y dar uso al espacio, consiguiendo su cesión temporal hasta que se retomaran las obras. Durante 6 años, el Campo de la Cebada ha sido un espacio vecinal funcional, con una oferta cultural variada y que se ha integrado en la vida social de uno de los barrios más frecuentados del municipio.

 
Es cierto que con el caso de la reforma de la Gran Vía no resulta tan evidente el proceso de recuperación del espacio público, porque cabría preguntarse hasta qué punto lo ha sido alguna vez. Al fin y al cabo, estamos hablando de un bulevar que se proyectó para servir de eje de comunicación este-oeste y que desde sus comienzos ha alojado grandes almacenes, teatros, cines y restaurantes. Pero aunque se trate de una primera apropiación, el esfuerzo a favor de pensar la ciudad de manera colectiva ha comenzado a plantearse. El debate en torno al uso de un espacio emblemático de la ciudad a favor de los peatones frente al tráfico rodado se ha abierto. Y aunque la participación haya sido baja, la apuesta por una Gran Vía menos contaminada y con más espacio para pasear o sentarse, se ha votado. De modo que lo que quizá lo que se ha perdido como un buen proyecto urbanístico, se ha ganado como un buen proyecto comunitario, haciendo que la Gran Vía de Madrid sea un poquito más de todos.

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