El auge de las ciudades en el siglo XXI

por Fernando Mendizabal. primera parte publicada en El Confidencial el 1 de octubre de 2018



El siglo XXI será por primera vez en la historia de la humanidad el siglo de la ciudad. Buena
parte de la población de los estados vive ya en ciudades, y que los intereses y necesidades
de sus habitantes cada día difieren más de los del resto de sus compatriotas, convergiendo
en cambio con los de los ciudadanos de otras ciudades del planeta y formando así una
nueva sociedad global que comparte referentes culturales, sociales y económicos.
En una Europa donde todavía los estados-nación se diluyen, el auge de las ciudades
estado asoma nuevamente como en otras épocas de nuestra historia, y bien pudiera ser
que en un futuro no muy lejano la Europa de las naciones y de las regiones de paso a una
Europa de las ciudades, emulando a las ligas de ciudades y burgos libres Hanseáticos del
medievo o a las polis de la Antigüedad.
El estudio de éstos referentes será de gran utilidad, dado que la población mundial es ya
mayoritariamente urbana. En Europa supera ya el 70% y va en aumento, por lo que esta
circunstancia va a tomar en el siglo XXI un papel central en el desarrollo de las democracias
occidentales y la gobernanza de nuestras ciudades.
Así, poco a poco, la realidad mundial tiende cada vez más, a configurarse en torno a una
red mundial de ciudades cada vez más especializadas en algún sector económico global,
conectadas entre ellas y en constante tensión con los gobiernos de sus respectivos
estados-nación, generando ya dinámicas socioeconómicas propias.
Veamos algunas de ellas:
1. Cambio del paradigma gobierno – ciudadano
Este salto de escala, del ámbito local al global sin pasar por el nacional está creando
nuevas lógicas de comportamiento en sus habitantes, que en consecuencia generan nuevas
dinámicas socioeconómicas, y por tanto también políticas, y está obligando a reconfigurar la
manera de pensar el mundo y de buscar referentes actuales (como Berlín, Ciudad de
México, Singapur, Hong Kong, Macao, etc.) o históricos. Posiblemente éstas nos ayuden a
intuir por donde pueden ir los tiros en el futuro. El empoderamiento de la sociedad civil
(agrupada en lobbys económicos y sociales, gremios y asociaciones) ha sido siempre más
rápido en entornos urbanos, que son, per se, ámbitos más limitados que el nacional y por
tanto su proyección es más directa y eficaz.
Si bien, todavía con muchas reservas y una cierta desconfianza, cada vez más gobiernos
municipales se abren a las demandas de mayor participación ciudadana, será interesante
ver a dónde conducen esas dinámicas. ¿ Decidiremos solo el nombre de las calles o un
proyecto puntual de reforma urbana o también la totalidad de las políticas de vivienda,
movilidad, energía, etc… de nuestros ayuntamientos?
Quienes y qué decidirán decidirán? Deben (por ejemplo) la cámara de Comercio, el
colectivo LGTB o las asociaciones de vecinos e inquilinos tener voz y voto?
Al final de la Edad Media, en los burgos (ciudades libres autogobernadas) la sociedad civil y
profesional se estructuró en torno a los gremios. Actualmente ya vemos como el
autogobierno urbano genera lógicas similares, que nos llevan a escuchar incluso a políticos
de izquierda defender que las asociaciones de vecinos, comerciantes, colegios
profesionales y otros “colectivos sociales” puedan tener voz y voto en la toma de decisiones
municipales, rompiendo el modelo de democracia liberal (una persona, un voto) y
acercándonos a modelos de representación corporativista, más cercana al feudalismo
medieval y a modelos de democracia orgánica como ocurre en la City londinense y las
ciudades estado asiáticas.
2. El auge y eficacia de las ciudades en las relaciones internacionales
La búsqueda de mejores condiciones de vida, la industrialización, las hambrunas y los
conflictos políticos derivados de los anteriores, han supuesto, un enorme crecimiento de las
ciudades en todo el mundo en el lapso de tres generaciones; desbordando en buena
medida la capacidad de gestión de sus administraciones locales a la hora de reaccionar
ante nuevas problemáticas de gran escala.
Algunos de estos problemas, como la falta de vivienda digna y la construcción espontánea
de barrios chabolistas fueron prácticamente atajados por los ayuntamientos europeos a lo
largo del siglo XX, a través de programas urgentes de vivienda social, algo que se repite
actualmente en otros países del mundo. Sin embargo, a día de hoy esas mismas ciudades
europeas se enfrentan a graves problemas derivados de aquellas soluciones de urgencia:
enormes barrios de extrarradio donde abundan la exclusión social, delincuencia,
terrorismo…
La puesta en común de nuevas problemáticas urbanas y la toma de decisiones conjuntas
respecto a ésta y otros problemas como la movilidad, la segregación por renta y/o etnia, y
los conflictos entre comunidades entre otros, está uniendo cada vez más los intereses y
necesidades de los ciudadanos de ciudades de todo mundo.
Además, en los últimos años las ciudades se están mostrando como herramientas cada vez
más eficaces a la hora de resolver posiciones enfrentadas que los estados no son capaces.
Un claro ejemplo de ello es la lucha frente al cambio climático, las ciudades son la principal
fuente de contaminación del planeta y la incipiente diplomacia urbana está sirviendo para
consensuar políticas públicas entre administraciones municipales de distintos países. La
paradoja está en que en las ciudades ya vive buena parte de los ciudadanos de esos países
y sin embargo en las negociaciones a nivel municipal los conflictos de intereses son
muchísimo menores que a nivel estatal.
3. La desvinculación con el entorno nacional
Las diferencias entre una gran ciudad y su entorno rural aumentan cada día conforme las
distintas urbes comparten más y más intereses y códigos culturales y políticos, hasta el
punto que el nivel de conexiones entre ellas forma casi una cultura urbana global con ligeros
acentos “etno-lingüísticos”. Es precisamente aquí donde vemos cómo la mundialización
cultural está condicionando y canalizando el salto político de la escala local a la global.
Hoy muchos barceloneses se sienten más próximos a los londinenses, madrile ñ os o
neoyorquinos que a alguien que viva a 100 km de su ciudad. Sencillamente, porque las
formas de vida en la ciudad y en el campo (por muy tecnológico y moderno que este sea)
son distintas independientemente del país.
Y aunque la tensión entre ambas realidades: sus costumbres, intereses y necesidades, ha
existido siempre y ha supuesto una lectura de los acontecimientos históricos decisiva a lo
largo de los siglos, en muy pocas décadas el número de habitantes en uno y otro lugar se
ha descompensado muchísimo, generando una correlación de fuerzas muy desfavorable
para las regiones rurales, mineras y desindustrializadas de Europa y Norteamérica.
Poco a poco, el estado-nación se está convirtiendo en la última herramienta con que
cuentan las zonas rurales e industriales deprimidas de Occidente (normalmente
sobrerrepresentadas en los parlamentos) para equilibrar el poder que ejercen sobre ellas las
sociedades urbanas globalizadas y garantizar el trasvase de rentas que las permita
mantener parte de los estándares de vida que conquistaron a lo largo del siglo XX. Ya sea
mediante subvenciones agrarias e industriales, ayudas públicas, o imponiendo trabas y
aranceles que orientan y obligan a todos los habitantes del país a consumir la producción
propia; como estamos observando recientemente con las políticas proteccionistas de
Trump.

En buena parte de los procesos electorales occidentales de los últimos tres años, se ha

puesto de manifiesto que la lectura de los resultados en clave campo-ciudad (aunque ni
mucho menos única) es más protagonista que nunca. Hemos asistido a la enésima reacción
del campo y las zonas desindustrializadas frente al protagonismo de la población de las
ciudades: en las elecciones de Francia, Alemania, EEUU, o en los referéndums de Reino
Unido y Colombia se observó claramente lo profunda que es ya esta división y como los
proyectos políticos de sus habitantes se distancian rápidamente.
Fenómenos similares hemos observado en la distribución del voto de las elecciones
catalanas, y también en el resto de Espa ñ a vemos como Ciudadanos y Podemos son
proyectos políticos eminentemente urbanos (y que casi solo coinciden en defender una
modificación de la ley electoral para que deje de sobrerrepresentar al campo), y como el PP
y el PSOE mantienen una fidelidad rocosa del electorado fuera de las grandes ciudades.
Aunque dentro de los nuevos partidos urbanos la tarea de gobierno temple la reclamación
de cambios drásticos en los equilibrios de poder existentes, vemos a políticos de estas
corrientes, como por ejemplo Macron (votado en París por el 90% de los electores)
apoyando políticas europeas que hasta hace poco tiempo eran un auténtico tabú en
Francia:
La actual reforma de la Política Agraria Común y su paulatina desaparición es una de las
transformaciones más importantes de la historia reciente de la Unión Europea.
La intención es clara: Europa dejará de subvencionar sus productos agrarios, eliminará las
cuotas de producción y abrirá sus fronteras al libre comercio con terceros países, acabando
con los aranceles a productos del sector primario extracomunitario.
Hasta la década de los 90, la PAC suponía el 80% del presupuesto de la UE, hoy en día
supone el 40%, entorno a 70.000 millones de euros anuales y pronto se acercará a los
20.000 que destina EEUU a su campo.
Europa (ciudades en un 70%) ya es uno de los territorios que menos aranceles aplica a
productos extranjeros y la medida debería servir para asentar a la población africana en sus
países de origen, mitigando las migraciones y poco a poco cimentando su desarrollo al ver
como un mercado de 500 millones de personas del primer mundo se abre a la compra de
sus productos. La aplicación de la medida se aceleró a causa del Brexit ya que el Reino
Unido es el tercer país contribuidor de la UE. Y aunque esta medida se activa cuando el
campo europeo es hoy uno de los más competitivos del mundo, su peso demográfico (y por
tanto político) es cada vez menor. En Francia, cuna de la PAC, no emplea ya ni al 5% de la
población. De esta forma, se constata que la política europea, decidida en las ciudades, ya
ha planeado los cambios de su campo y en gran medida el futuro de sus habitantes.

Probablemente la siguiente gran batalla frente al estado nación será la reforma de las leyes
electorales, que sobrerrepresentan el voto rural. Una vez eliminado el último nivelador
nacional (el político) el campo europeo estará vendido a las decisiones de los habitantes de
unas ciudades que cada vez les son más ajenas. Vendido ante la posibilidad certera, de que
desde las ciudades se corte flujo de liquidez que actúa como nivelador de rentas
ciudad-campo-industria, que es lo que da sentido al estado nacional como espacio jurídico y
político cohesionado.
Frente a esta paulatina “dictadura de la mayoría” el resultado comienza a ser una nueva
reacción del campo conservador frente a la ciudad. Al igual que en otras épocas, se recurre
a la identidad, a la patria y a la nación.

 

4. La consolidación política de las ciudades estado
Poco a poco veremos como la necesidad de establecer nuevos mecanismos de
entendimiento y encaje entre el mundo rural y urbano pasará por dotar de mayor autonomía
a las ciudades, limitando así los ámbitos de influencia política de los unos sobre los otros, y
mantener unos equilibrios justos para ambas partes. Veremos como las autoridades
metropolitanas autónomas, necesarias para gestionar la complejidad de políticas públicas
en aglomeraciones urbanas de varios millones de habitantes, son las herramientas idóneas
para ésto.
Sin embargo, la necesidad, por parte de las ciudades y aglomeraciones de dotarse de este
tipo de instituciones metropolitanas será contestada y combatida. Hasta ahora los
estados-nación y las regiones han intentado limitar o anular un contrapoder político tan
fuerte, como fueron en la década de 1980 los casos de Margareth Thatcher eliminando el
Greater London Council o de Jordi Pujol cuando disolvió y cuarteó la Corporación
Metropolitana de Barcelona, tras la propuesta del alcalde Maragall de dotarla de bandera e
himno. Actualmente, uno de los principales puntos débiles de las ciudades sigue siendo su
extrema dependencia energética, lo que obligará a sus administraciones a mitigar sus
demandas frente a los estados y dotará a éstos de herramientas suficientes para equilibrar
las relaciones de poder.
En una primera instancia, las autoridades metropolitanas asumirán algunas competencias
de los ayuntamientos mancomunados, como hoy ocurre en Barcelona. Pero además, no
nos debería extrañar que en futuro también les sean traspasadas competencias propias de
las regiones e incluso de los estados, como la salud, la educación, la vivienda, la
recaudación fiscal o el planeamiento urbano, bases de cualquier autonomía política.
No sería descabellado pensar que un autogobierno de estas características en las ciudades
europeas (como ya ocurre con Berlín o Hamburgo) termine con la constitución de
parlamentos metropolitanos, y poco a poco llegue a modificar el curso de la languideciente
Unión Europea, hasta convertirla, de facto, en una liga de ciudades europeas. En cualquier
caso, lo que sí parece claro es que la Europa de los estados y la Europa de las regiones
tendrán que compartir espacio político con la Europa de las ciudades.

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