La nueva frontera: las ciudades del ártico, parte II

Un repaso por algunas de las ciudades boreales, de las que más oiremos hablar en las próximas décadas.

Por Fernando Mendizabal.


Como se explicaba en la primera parte, conforme la banquisa retrocede y la temperatura del planeta aumenta, el ártico se está convirtiendo en una nueva región en disputa por los países con costas en ese océano. Una región que incluye tres nuevas rutas comerciales marítimas, minas de oro, tierras raras y yacimientos de gas y petróleo.

A lo largo del último siglo, estos países han fundado asentamientos y bases en la zona. En las últimas dos décadas algunos de estos se han consolidado como prósperas ciudades y otros podrían recuperar la importancia que tuvieron en la Guerra Fría por su situación estratégica.

Esta segunda parte, se centra en las ciudades (esta vez de verdad) que, ya sea por sus puertos, aeropuertos, industria y entidad económica serán la conexión necesaria con aquellos (todavía) pequeños asentamientos del norte:

 

Anchorage, la principal ciudad de Alaska, aunque se encuentra en la costa del Pacífico, con un área metropolitana de 300 mil habitantes es una de las grandes ciudades del norte. Cuenta con importantes oficinas de empresas petrolíferas,  con refinerías surtidas por lo oleoductos procedentes de la costa norte y enormes almacenes de combustible para barcos y aviones. De hecho, su aeropuerto es el tercero del mundo en tráfico de mercancías.

Esto se debe a que la ciudad se encuentra a mitad de camino de la ruta aérea entre Norteamérica y Asia. Además de servir como trasbordo para los vuelos que vienen desde Estados Unidos en dirección a otras ciudades o estaciones petrolíferas y mineras de Alaska.

En general. El tráfico aéreo es uno de los principales métodos de transporte entre los asentamientos y ciudades boreales, especialmente en Alaska y Canadá. Dada la distancia entre estos y la dificultad de construir largas carreteras sobre el permafrost en condiciones extremas. Casi todas las poblaciones cuentan con aeropuerto para aviones turbohélices. Ya sea de cargo, de pasajeros o pequeñas avionetas, muchos de los cuales son también hidroaviones. De hecho, el aeropuerto de Anchorage cuenta con la principal estación de hidroaviones del mundo, la Lake Hood Seaplane Base, un auténtico aeropuerto repleto de aerotaxis, avionetas privadas e hidroaviones de vigilancia y charters.

Lake Hood Seaplane Base, en el aeropuerto de Anchorage

 

Buena parte de los cuales se dirigen a Fairbanks, en el centro de la península de Alaska (a seis horas por carretera en verano), la segunda ciudad del estado, con un siglo de historia,  33.000 habitantes, y dos bases militares, que protegen los oleoductos cercanos. Su población ha aumentado en torno a un 4% desde hace una década. No tan lejos de Utqiagvik y otras poblaciones de la costa norte como Anchorage, cuenta también con todo tipo de infraestructuras públicas, lo que fomenta que desde aquí se centralicen buena parte de los servicios y comunicaciones con los mismos.

Se trata de la principal ciudad de colonización norteamericana, con una gran cantidad de población militar y buenos servicios públicos, que muestran cómo el Gobierno Federal ha apostado con los medios a su disposición, por atraer, destinar y fijar a una una cantidad significativa de población en un lugar casi vacío, que sirva para articular ese enorme territorio.

Si bien EEUU mantiene su apuesta por el lugar, a diferencia de Utqiagvik/Barrow o de Pevek (ver primera parte) y otras ciudades rusas, por el momento, Fairbanks parece un caso de éxito a la hora de establecer una población fija y que ésta no decaiga por falta de oportunidades o interés. Durante el siglo XX y especialmente durante la Guerra Fría, ambos países establecieron importantes estaciones y ciudades boreales, que a partir de los años 90 decayeron rápidamente en cuanto los estados cambiaron sus objetivos estratégicos.

Al igual que Fairbanks, Nuuk, Iqaluit y Longyearbyen (ver primera parte) son también ciudades cuyo desarrollo, aunque ha contado con un fuerte apoyo de las administraciones públicas, poco a poco se han convertido en lugares atractivos para la iniciativa privada, generando así dinámicas económicas propias.

 

Fairbanks, Alaska (foto: Patrik Endres)

 

Reikiavik, la gran capital del Ártico occidental, con sus 200 mil habitantes es, tras la crisis económica de 2008, una de las ciudades con mayor potencial de crecimiento económico y demográfico de Europa. Así como una de las ciudades con mayor renta per cápita del mundo. Cuenta con uno de los principales puertos de los países nórdicos (en la encrucijada de las dos nuevas rutas marítimas del norte), empresas de biotecnología, ingeniería, bancos de inversión y centros culturales y académicos de referencia internacional. Además su estratégica posición entre Norteamérica, Groenlandia y Europa, han convertido de su aeropuerto (y base aérea de la OTAN), Keflavik, en el más importante del ártico. De hecho, su tráfico aéreo aumentó solo en 2017 casi un 30%, llegando prácticamente hasta los nueve millones de pasajeros.

 

Reikiavik (foto: www.iceland.is)

 

– Por último, hay que mencionar las históricas ciudades portuarias del norte de Escandinavia: Tromsø (y el cercano puerto de Narvik), en Noruega y Murmansk, en Rusia. Ambas son ciudades consolidadas desde hace al menos un siglo y han sido históricamente el principal punto de conexión de estos países con el Polo Norte. Tromsø ha experimentado un enorme crecimiento del turismo, en especial de cruceros, por su cercanía a destinos como las islas Lofoten y otros destinos de Laponia.

Por su parte, a escasos 300 km, Murmansk fue fundada en una bahía como el nuevo puerto ruso del ártico, dado que a diferencia de la histórica Arcángel, sus aguas no se congelan en invierno, lo que permitió a la flota soviética tener una base operativa con salida directa al mar de Barents y al océano durante todo el año.

Con 300 mil habitantes, es la ciudad más grande del ártico, y aunque vivió épocas de mayor esplendor, sigue siendo una de las bases navales más importantes del mundo.

De hecho, en la actualidad alberga un enorme cementerio de submarinos nucleares, dados de baja tras el final de la Guerra Fría, en espera de que sus reactores sean desmantelados.

Además, alberga desde 1959 la única Flota de rompehielos atómicos del mundo: Atomflot, con la que en la actualidad se pretende dar servicio logístico a las nuevas rutas comerciales hacia Asia y América. Además, desde 2007, la agencia nuclear rusa, Rosatom, cuenta con centrales nucleares flotantes, como la Akademik Lomonosov con base en Murmansk, cuya “misión oficial” es poder llevar energía a zonas remotas del norte de Siberia. Aunque con ayuda de los rompehielos, bien podrían convertirse en enormes generadores de electricidad en lugares del Polo donde ningún otro país puede generarla por el momento.

 

(Foto: NASA, Mapa: elaboración propia)

 

Murmansk se encuentra tanto en el extremo de la Ruta Marítima del Norte como de la ruta Artic Bridge, que la conecta con Churchill, en Canadá. Las líneas ferroviarias de mercancías entre Murmansk y San Petersburgo, y entre Churchill y Winnipeg (Hudson Bay Railway) a medio camino entre Vancouver, Toronto y Chicago, lo convierten en el trayecto de mercancías más corto entre los centros industriales de Rusia y Norteamérica.

Por último, la ciudad se ha convertido en la estación de paso obligada para los aún pocos turistas que se dirigen al Polo Norte a bordo de los rompehielos rusos, que se ofrecen como cruceros en los meses de verano.

 

Murmansk (foto: Wikipedia)

 

Al fin y al cabo, cualquier colonización implica una necesaria ocupación física del territorio.

Y al igual que los pioneros convirtieron a los fuertes militares del oeste norteamericano en florecientes ciudades durante la Fiebre del Oro (cuando cientos de miles de europeos y asiáticos emigraron de sus países en busca de nuevas oportunidades), en un mundo cada vez más poblado y con mayores desigualdades, mucha gente se verá atraída por los salarios, los servicios sociales y la oportunidad de comenzar una nueva vida en esta nueva frontera.

Frontera que tendrá en las ciudades del ártico sus campamentos base, sus puertos y estaciones de avituallamiento y sus Hub con hoteles y aeropuertos para los turistas que vayan a hacer excursiones estivales, y los militares y trabajadores de la minería y el petróleo que vayan o regresen de las estaciones en las que estén destinados. Tanto en los pequeños asentamientos como en las grandes ciudades, vemos como la tendencia general es de un rápido crecimiento demográfico y económico.

Habrá que estar atentos a que cristalicen sus desarrollos en el futuro, ya que sin duda algunas de estas ciudades podrían convertirse en una interesante objetivo para inversiones y nuevas oportunidades de negocios.

Evidentemente, las consecuencias medioambientales de este futuro desarrollo tenderán a acelerar los efectos del cambio climático sobre el Polo, lo que a su vez supondrá gravísimos problemas para otras partes del planeta. Paradójicamente, las ciudades boreales, debido a las condiciones climáticas extremas, fueron y siguen siendo construidas de forma que maximicen su resiliencia frente a un entorno hostil. Algo de lo que hoy adolecen gran parte de las ciudades costeras del mundo, que posiblemente se verán afectadas (entre otras causas) por el progresivo deshielo de agua dulce de Groenlandia.

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